Peggy Sue, Peggy Sue - pretty pretty pretty pretty Peggy Sue
oh Peggy - my Peggy Sue
oh well, I love you gal and I need you Peggy Sue
I love you Peggy Sue - with a love so rare and true
oh Peggy - my Peggy Sue
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domingo, junio 07, 2009
martes, junio 02, 2009
Cuarenta y dos kilometros. Vol. 1
Segundo ha salido un poco más tarde de lo normal, pero no se trata de un caso de negligencia, mas bien, se trata de un frío cálculo cronométrico para no llegar con demasiada anticipación, odia esperar tanto. Su ambición: verse allá, quizá sentarse cerca y conversar, quizá simplemente se contente con verla caminar frente a él.
Parte de su casa veinte minutos, minutos decisivos, más allá de lo normal; sin embargo, una de esas bromas de la memoria lo hace regresar. Han pasado siete minutos, minutos primordiales para alcanzarla. Cerca a la avenida divisa un pequeño bus, de esos que cumplen con transportarnos a distancias de años luz. Se apresura, trota, corre, mientras piensa que no podrá atraparlo. Pero lo hace. Sube y dice "lo logré", pero es más lejos, en la cuadra 24 que una valla policial interrumpe su alegría prenupcial. ¿Qué es lo que ha pasado? Se preguntan todos los pasajeros, disímiles en apariencia (pero tan semejantes en esencia).
-¿Qué demonios pasa? - Pregunta Segundo al chofer, tan tajante como Robespierre.
Es una maratón, como esas que se dan por montón en estos últimos años, concluye sin escuchar la incipiente respuesta del sexagenario conductor. Y en efecto, se trataba de una, pues se podía ver una retahíla de señores con sus esposas, de jovencitas y señoritos muy bien apertrechados con botellas de bebidas energizantes de distintas marcas, gorras corporativas y polos deportivos de malla tecnológica, con pequeñas aberturas para el libre flujo del sudor. Algunos, incluso contaban con reproductores musicales modernísimos (llenos de modernísima música, por cierto) para acompañarlos en su largo y masivamente solitario camino.
La larga fila, aún sin final visible, era de color amarilla, ya que habían sido ataviados con las mismas prendas en la partida (como luego se percataría), solo se encontraba uno que otro corredor díscolo, con camisetas blancas, verdes e incluso moradas. Cuando la estampida parecía ya extinguirse, y la sonrisa en los pasajeros dibujarse, un pelotón en sus correrías, seguido por una legión trotando a tropel, apareció.
Han pasado ya más de veinticinco minutos, esenciales para llegar. Irritado por la demora, Segundo pregunta al cobrador.
-¿La municipalidad no les avisó nada?
-Nada, acá estamos todos igual de desesperados -respondió el uniformado joven.
Segundo se cuestionaba, pensaba que porqué le tenía que pasar eso a él, había planificado todo al milímetro, hasta había previsto diez minutos como colchón, por si pasaba cualquier imprevisto. Pero esto, esto era algo rocambolesco, como una caricatura, sólo que sin las carcajadas. Pasaron aproximadamente 300 segundos más, cuando una oficial dirigió el tráfico hacia la avenida paralela. Al llegar a la pista contigua, todos, inclusive Segundo, se sintieron indignados al ver como retenían a todos los carros
-¿Ahora qué? -gritaron los pasajeros al unísono
Fueron informados que la maratón también se estaba llevando a cabo por ahí. A Segundo le dieron ganas de pisar el acelerador y chancarlos a todos, al diablo con la moral. Menos mal que no estaba al volante. Sólo en ese tramo, transcurrieron diez minutos más, importantísimos minutos.
-Carajo -dijo el iracundo chofer -¡Estos tombos no están en nada!¡Nos mandan al desvío!
Luego de una lluvia de ideas colectiva, la voz de un colorido mercachifle se impuso.
-Vayamos por el trébol, por ahí se llega a Javier Prado, que creo que es donde bajan la mayoría.
El viejo conductor carraspeó, como si fuese a decir algo, pero se limitó a asentir y poner el marcha el motor. Una humareda negra azabache y espesa empañó la ventana de automóvil posterior, se escuchó una mentada de madre, pero ahí quedó el asunto.
El bus llegó al trébol y se detuvo en una improvisada estación, que consistía en un contenedor de basura y un cartel que parecía pintado a mano, Segundo bajó y corrió como si lo estuviesen persiguiendo. Casi se le va el único carro que lo llevaba a su destino, pero como es de esperar del transporte público limeño, este se estacionó frescamente y le permitió abordarlo. Una vez adentro, el nuevo cobrador le señaló una precaria butaca y dijo
-Siéntate chico, debes estar cansado, te he visto correr
Agradeció el gesto y se colocó en el taburete dispuesto entre el asiento del piloto y del copiloto.
Su tiempo se había agotado, ya eran las ocho y tantos de la mañana; no obstante, por alguna razón, pensó que lo perdonarían, sólo por esta vez. Segundo ya estaba encaminado, le quedaba esperar, nada más. A lo largo del trayecto se sintió abrumado, se le vinieron a la cabeza mil cosas, mas sólo dos predominaban. La primera era su inconmesurable odio a los maratonistas y la falta de planificación municipal. La segunda, mucho más importante, era averiguar la verdadera razón por la que quería llegar. ¿De verdad se trataba de una romántica busqueda?¿Sólo quería verla a ella?¿O era la responsabilidad con la que debía cumplir? Al fin y al cabo, no por nada había pagado ese carísimo curso.
¡Javierpradopershinlamarina! Clínica Dental 2x1. Electricista gasfitero carpintero: Maestro Quispe. Los anuncios pasaban a toda velocidad. ¡Semáforo bajan! Y Segundo seguía adentro, aún faltaba mucho. Discoteca Bar Sexis II. Luces de neón apagadas. ¡La Marina!¡Suben, suben, suben! Ticos se les cruzan, ticos se dedicaba a cerrar. Asi se maneja en Lima pues. Una señorita riñe al cobrador porque le quería cobrar de más. Cómprale al Perú. Compra en Gamarra. Foto del sonriente alcalde, deseoso de una reelección. Orines de perro y de hombre también, vómitos de borracho en las veredas. Y eso fue ¡la Charanga Habanera!¡Bajan! Más basura, luego, otra foto del alcalde distrital. Más luces apagadas. Piiii, suenan las estruendosas bocinas. Otra vez Javier Prado, se habían desviado. ¡Pershilamarina! Suben más personas, que ahora son como pollos en camión. Están todos apegados, como pide encarecidamente el encargado de la cobranza. Afortunadamente Segundo se sentó en un asiento relativamente decente, dejando atrás el taburete.
-¿Por qué se siguen subiendo?¿No ven que está lleno? -pensó como habitualmente lo hacía, sólo que esta vez un poco más enfadado por los acontecimientos recientemente ocurridos.
Habían avanzado poco, estaban por una zona con calles y edificiotes residenciales nombrados como flores. Otro grito y otro bocinazo le recordaron lo caótico de los viajes en micro.¡Callaofocetareopuerto! Habla, ¿vas? Interroga el cobrador a un transeúnte. De pronto, voltea el bus, se estaban alejando ya de San Isidro. No sabe si estaban ahora en Magdalena o Pueblo Libre, no le importaba, la verdad. Ya no falta mucho. Mucho para verla. ¡No!¿Por qué pasa esto? La prioridad es el curso, ¿No? Claro, definitivamente.
-A ver; pasajes, pasajes - balbuceó el boletero.
-Te pago más allá, ahorita no encuentro el sencillo -le respondió Segundo
-Ya, ya ¡no seas pendejo ah! -rebuznó el hombrecillo, que ahora le caía mas bien antipático a Segundo.
-¿Disculpa? Yo no le he dado ninguna razón para hablarme asi, le he dicho que le voy a pagar en un rato, y así será. Trata bien a tus pasajeros, bruto -esgrimió el agraviado.
Varias cuadras más adelante, escuchó el nombre de la avenida que esperaba, pagó el importe establecido, esperó que su boleto le fuera entregado y pisó el asfalto con el pie derecho, como dicen siempre los cobradores. Pero el era zurdo de pies y manos, y cayó de bruces contra la acera. Nadie lo vió, eso creyó. Eso creen todos cuando les pasa algo así. El accidentado se levantó y trotó hasta su parada final. Ahi, en la puerta, donde se podia atisbar a varios alumnos preparados para un viaje, también se podía ver a los vigilantes, que trabajaban para una conocida empresa de seguridad, con sus uniformes color negro y blanco con un pequeño logotipo rojo. Además, claro, de la orden de no dejar pasar a nadie después de las 8:00 a.m. Segundo había llegado a las nueve, pero eso no lo desanimó más de lo que ya estaba.
-Por favor, ¿no puede llamar al director? Es urgente, tengo que asistir a ese curso. Si no, moriré, y no creo que sea algo conveniente para su casa de estudios -dijo tratando de apelar al humor del guardián.
Pero no consiguió nada. Usó una estretegia similar en una de las centinelas, y dió resultado. La mujer ordenó a su subordinado a que se acercáse a la oficina del directivo en una pequeña moto. Segundo tuvo que esperar varios minutos, más de diez calculó. Cuando volvió, este estaba ansioso por escuchar el permiso concedido, pero lo que salió de la boca del motorizado fué todo lo contrario a lo que esperaba, pero intuía sería el comunicado.
-No se puede, está prohibido que entren después de las 8:30 a.m. Lo siento, no podemos hacer nada para ayudarlo, por favor le pedimos que se retire, o en todo caso, espere afuera del local, gracias.
Maldijo a su puta suerte y con esas concluyentes palabras, a Segundo no le quedó otra que huir del lugar, tenía que escapar. Se le ocurrió ir al malecón, ese lugar donde solía ir con sus compadres. No quería si quiera ver una combi más, asi que decidió caminar hasta allá. Lo hizo renegando, despotricando contra todo lo que se encontraba en su camino. Gritó, golpeó algunos árboles y sangró por los nudillos, estaba completamente enajenado, él no era una persona que reaccionase asi con facilidad. Una vez en el barranco, se echó al pasto y con un plácido dolor cerró los ojos y trató de calmarse. Varias horas fueron necesarias para que Segundo se apacigüe, pero finalmente lo logró y empezó a dormir.
Parte de su casa veinte minutos, minutos decisivos, más allá de lo normal; sin embargo, una de esas bromas de la memoria lo hace regresar. Han pasado siete minutos, minutos primordiales para alcanzarla. Cerca a la avenida divisa un pequeño bus, de esos que cumplen con transportarnos a distancias de años luz. Se apresura, trota, corre, mientras piensa que no podrá atraparlo. Pero lo hace. Sube y dice "lo logré", pero es más lejos, en la cuadra 24 que una valla policial interrumpe su alegría prenupcial. ¿Qué es lo que ha pasado? Se preguntan todos los pasajeros, disímiles en apariencia (pero tan semejantes en esencia).
-¿Qué demonios pasa? - Pregunta Segundo al chofer, tan tajante como Robespierre.
Es una maratón, como esas que se dan por montón en estos últimos años, concluye sin escuchar la incipiente respuesta del sexagenario conductor. Y en efecto, se trataba de una, pues se podía ver una retahíla de señores con sus esposas, de jovencitas y señoritos muy bien apertrechados con botellas de bebidas energizantes de distintas marcas, gorras corporativas y polos deportivos de malla tecnológica, con pequeñas aberturas para el libre flujo del sudor. Algunos, incluso contaban con reproductores musicales modernísimos (llenos de modernísima música, por cierto) para acompañarlos en su largo y masivamente solitario camino.
La larga fila, aún sin final visible, era de color amarilla, ya que habían sido ataviados con las mismas prendas en la partida (como luego se percataría), solo se encontraba uno que otro corredor díscolo, con camisetas blancas, verdes e incluso moradas. Cuando la estampida parecía ya extinguirse, y la sonrisa en los pasajeros dibujarse, un pelotón en sus correrías, seguido por una legión trotando a tropel, apareció.
Han pasado ya más de veinticinco minutos, esenciales para llegar. Irritado por la demora, Segundo pregunta al cobrador.
-¿La municipalidad no les avisó nada?
-Nada, acá estamos todos igual de desesperados -respondió el uniformado joven.
Segundo se cuestionaba, pensaba que porqué le tenía que pasar eso a él, había planificado todo al milímetro, hasta había previsto diez minutos como colchón, por si pasaba cualquier imprevisto. Pero esto, esto era algo rocambolesco, como una caricatura, sólo que sin las carcajadas. Pasaron aproximadamente 300 segundos más, cuando una oficial dirigió el tráfico hacia la avenida paralela. Al llegar a la pista contigua, todos, inclusive Segundo, se sintieron indignados al ver como retenían a todos los carros
-¿Ahora qué? -gritaron los pasajeros al unísono
Fueron informados que la maratón también se estaba llevando a cabo por ahí. A Segundo le dieron ganas de pisar el acelerador y chancarlos a todos, al diablo con la moral. Menos mal que no estaba al volante. Sólo en ese tramo, transcurrieron diez minutos más, importantísimos minutos.
-Carajo -dijo el iracundo chofer -¡Estos tombos no están en nada!¡Nos mandan al desvío!
Luego de una lluvia de ideas colectiva, la voz de un colorido mercachifle se impuso.
-Vayamos por el trébol, por ahí se llega a Javier Prado, que creo que es donde bajan la mayoría.
El viejo conductor carraspeó, como si fuese a decir algo, pero se limitó a asentir y poner el marcha el motor. Una humareda negra azabache y espesa empañó la ventana de automóvil posterior, se escuchó una mentada de madre, pero ahí quedó el asunto.
El bus llegó al trébol y se detuvo en una improvisada estación, que consistía en un contenedor de basura y un cartel que parecía pintado a mano, Segundo bajó y corrió como si lo estuviesen persiguiendo. Casi se le va el único carro que lo llevaba a su destino, pero como es de esperar del transporte público limeño, este se estacionó frescamente y le permitió abordarlo. Una vez adentro, el nuevo cobrador le señaló una precaria butaca y dijo
-Siéntate chico, debes estar cansado, te he visto correr
Agradeció el gesto y se colocó en el taburete dispuesto entre el asiento del piloto y del copiloto.
Su tiempo se había agotado, ya eran las ocho y tantos de la mañana; no obstante, por alguna razón, pensó que lo perdonarían, sólo por esta vez. Segundo ya estaba encaminado, le quedaba esperar, nada más. A lo largo del trayecto se sintió abrumado, se le vinieron a la cabeza mil cosas, mas sólo dos predominaban. La primera era su inconmesurable odio a los maratonistas y la falta de planificación municipal. La segunda, mucho más importante, era averiguar la verdadera razón por la que quería llegar. ¿De verdad se trataba de una romántica busqueda?¿Sólo quería verla a ella?¿O era la responsabilidad con la que debía cumplir? Al fin y al cabo, no por nada había pagado ese carísimo curso.
¡Javierpradopershinlamarina! Clínica Dental 2x1. Electricista gasfitero carpintero: Maestro Quispe. Los anuncios pasaban a toda velocidad. ¡Semáforo bajan! Y Segundo seguía adentro, aún faltaba mucho. Discoteca Bar Sexis II. Luces de neón apagadas. ¡La Marina!¡Suben, suben, suben! Ticos se les cruzan, ticos se dedicaba a cerrar. Asi se maneja en Lima pues. Una señorita riñe al cobrador porque le quería cobrar de más. Cómprale al Perú. Compra en Gamarra. Foto del sonriente alcalde, deseoso de una reelección. Orines de perro y de hombre también, vómitos de borracho en las veredas. Y eso fue ¡la Charanga Habanera!¡Bajan! Más basura, luego, otra foto del alcalde distrital. Más luces apagadas. Piiii, suenan las estruendosas bocinas. Otra vez Javier Prado, se habían desviado. ¡Pershilamarina! Suben más personas, que ahora son como pollos en camión. Están todos apegados, como pide encarecidamente el encargado de la cobranza. Afortunadamente Segundo se sentó en un asiento relativamente decente, dejando atrás el taburete.
-¿Por qué se siguen subiendo?¿No ven que está lleno? -pensó como habitualmente lo hacía, sólo que esta vez un poco más enfadado por los acontecimientos recientemente ocurridos.
Habían avanzado poco, estaban por una zona con calles y edificiotes residenciales nombrados como flores. Otro grito y otro bocinazo le recordaron lo caótico de los viajes en micro.¡Callaofocetareopuerto! Habla, ¿vas? Interroga el cobrador a un transeúnte. De pronto, voltea el bus, se estaban alejando ya de San Isidro. No sabe si estaban ahora en Magdalena o Pueblo Libre, no le importaba, la verdad. Ya no falta mucho. Mucho para verla. ¡No!¿Por qué pasa esto? La prioridad es el curso, ¿No? Claro, definitivamente.
-A ver; pasajes, pasajes - balbuceó el boletero.
-Te pago más allá, ahorita no encuentro el sencillo -le respondió Segundo
-Ya, ya ¡no seas pendejo ah! -rebuznó el hombrecillo, que ahora le caía mas bien antipático a Segundo.
-¿Disculpa? Yo no le he dado ninguna razón para hablarme asi, le he dicho que le voy a pagar en un rato, y así será. Trata bien a tus pasajeros, bruto -esgrimió el agraviado.
Varias cuadras más adelante, escuchó el nombre de la avenida que esperaba, pagó el importe establecido, esperó que su boleto le fuera entregado y pisó el asfalto con el pie derecho, como dicen siempre los cobradores. Pero el era zurdo de pies y manos, y cayó de bruces contra la acera. Nadie lo vió, eso creyó. Eso creen todos cuando les pasa algo así. El accidentado se levantó y trotó hasta su parada final. Ahi, en la puerta, donde se podia atisbar a varios alumnos preparados para un viaje, también se podía ver a los vigilantes, que trabajaban para una conocida empresa de seguridad, con sus uniformes color negro y blanco con un pequeño logotipo rojo. Además, claro, de la orden de no dejar pasar a nadie después de las 8:00 a.m. Segundo había llegado a las nueve, pero eso no lo desanimó más de lo que ya estaba.
-Por favor, ¿no puede llamar al director? Es urgente, tengo que asistir a ese curso. Si no, moriré, y no creo que sea algo conveniente para su casa de estudios -dijo tratando de apelar al humor del guardián.
Pero no consiguió nada. Usó una estretegia similar en una de las centinelas, y dió resultado. La mujer ordenó a su subordinado a que se acercáse a la oficina del directivo en una pequeña moto. Segundo tuvo que esperar varios minutos, más de diez calculó. Cuando volvió, este estaba ansioso por escuchar el permiso concedido, pero lo que salió de la boca del motorizado fué todo lo contrario a lo que esperaba, pero intuía sería el comunicado.
-No se puede, está prohibido que entren después de las 8:30 a.m. Lo siento, no podemos hacer nada para ayudarlo, por favor le pedimos que se retire, o en todo caso, espere afuera del local, gracias.
Maldijo a su puta suerte y con esas concluyentes palabras, a Segundo no le quedó otra que huir del lugar, tenía que escapar. Se le ocurrió ir al malecón, ese lugar donde solía ir con sus compadres. No quería si quiera ver una combi más, asi que decidió caminar hasta allá. Lo hizo renegando, despotricando contra todo lo que se encontraba en su camino. Gritó, golpeó algunos árboles y sangró por los nudillos, estaba completamente enajenado, él no era una persona que reaccionase asi con facilidad. Una vez en el barranco, se echó al pasto y con un plácido dolor cerró los ojos y trató de calmarse. Varias horas fueron necesarias para que Segundo se apacigüe, pero finalmente lo logró y empezó a dormir.
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